“CITA A CIEGAS, EN EL CINE”
FERNANDO MORENO ORTA
Estoy sentado en la orilla de mi cama, mi
alarma sonó hace unos minutos eso quiere decir que aproximadamente son las 7 de
la mañana. Sólo tengo puesto mi bóxer, nunca he sido una persona de pijama.
Hace un frío tremendo, mis pies se entumen al momento de pisar el suelo de
cemento. Con mi mano derecha empiezo a buscar el control remoto de mi estéreo
que había dejado en un banco a un lado de mi cama, logro hacer contacto con
éste y presiono el botón de encendido, el más grande y redondo. Está el
noticiero y eso me hace estar seguro de la hora, no le tomo mucha importancia a
las noticias y decido poner un disco.
Tengo ventana en mi habitación, pero eso no
quiere decir que alcance a ver la luz del día. Al ritmo tranquilizante de
“comfortably numb” me levanto de la cama y me dirijo hacia la regadera con
pasos familiarizados con mi casa.
Escucho el agua, me quedo parado esperando a
que se caliente un poco, cuando siento el vapor, entro por completo y dejo que
el agua corra por todo mi cuerpo. Aún con el agua corriendo y la música de Pink Floyd sonando, alcanzo a
escuchar más de mí alrededor. Los vecinos, una pareja joven, eso al juzgar por
el tono de sus voces, están discutiendo sobre quién llevará el auto al trabajo.
Enfrente de mi departamento se encuentran otros inquilinos, una madre soltera
con 2 hijos, a diario se oye la voz de la mujer apresurando a sus niños para ir
a la escuela.
Ya casi estoy listo para salir, hoy es un día
especial. Literalmente es una cita a ciegas. Un amigo mío organizó esto para
mí, dice que mi vida es muy monótona y que necesito algunos cambios. Antes de
salir de mi casa me preparo un café y como un poco de pan dulce. Tomo mi bastón
blanco y me voy con un gran entusiasmo
para conocer a mi cita.
Al momento en que piso la banqueta, todo
cambia, de alguna manera me he acostumbrado a caminar por esas calles, pero en
realidad no conozco mucho, no como mi casa que es pequeña, ahora soy una vulnerable
partícula dentro de esta gran ciudad. Mis pasos comienzan, el bastón me ayuda a
no tropezar y a no estrellarme con un poste o barda. El lugar en donde se había
arreglado la cita era cerca de mi casa, entonces me toma unos veinte minutos
caminando, deseando encontrar a esa mujer, también cruzando los dedos para no
sufrir algún accidente o ser víctima del crimen. Los rateros son muy abusivos
con nosotros los invidentes, debemos de ser muy cuidadosos y no confiarnos de
nadie, ni siquiera un poco.
Había ajustado mi alarma para saber si
llegaba a tiempo, ésta sonó justo cuando pensé en eso. Para estar totalmente
seguro pedí la hora a una persona que iba pasando, eran las diez de la mañana,
justo la hora de la cita. Espero un poco, después de diez minutos empiezo a
desesperar, de repente una mano muy fría toca la mía, me emociono y sonrío,
justo cuando iba a decir algo, la persona abre mis dedos y me dice “Tenga señor
unos veinte pesos, pa´ que se compre su torta”. Me quedo pasmado, eso pasa
seguido, pero esta vez me había desilusionado, yo pensaba que era mi cita.
Empiezo a perder la paciencia y recuerdo lo
que le dije a mi amigo, “no es buena idea, yo estoy ciego ella no va querer
salir conmigo”. Yo lo sabía no sé porque hice caso.
Después de esperar toda una hora decido
entrar al cine que está en la plaza. Ya para que regresar a casa, si tomé el
riesgo de salir de ella y caminar hasta aquí.
Soy una persona invidente, me gusta el cine,
eso es algo raro. Pero la verdad es que aprecio los diálogos, los efectos de
sonido y la música de la manera que una persona vidente y con sus sentidos
completos no lo hace. Siempre que pido boletos para alguna película, se extraña
el taquillero, es un silencio, a veces un poco incomodo, se extrañan que una
persona ciega entre al cine. Compro mi boleto para una película llamada “La
guerra de los mundos” de Orson Welles, es un cine que proyecta clásicos, es una buena opción
para quitar el mal humor. Por suerte no me ha tocado ninguna película muda, eso
si que sería algo mala suerte. Compro mis palomitas y mi refresco, pido ayuda a
un trabajador para llegar a la sala, ya estando en ella me siento en la primera
fila de la sala y disfruto de la película como pocas personas lo hacen.
Ya estoy fuera del cine, huele a que es hora
de comer. Podría ir a un restaurante pero en realidad prefiero ir a casa y
pasar la tarde acompañado de Arkadin, mi golden retriever. Él es mi acompañante
y mi amigo, sin duda si puedo confiar en él. Es impresionante y da escalofríos
que no podamos confiar en los humanos pero sí en una mascota. Le debo la vida
al buen Arkadin.
Llego a mi casa y comemos juntos, me siento
en frente de mi ventana, disfruto del atardecer, no lo puedo ver, pero si lo
puedo oír y lo puedo oler.
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