miércoles, 23 de mayo de 2012

Cita a ciegas


“CITA A CIEGAS, EN EL CINE”
FERNANDO MORENO ORTA

Estoy sentado en la orilla de mi cama, mi alarma sonó hace unos minutos eso quiere decir que aproximadamente son las 7 de la mañana. Sólo tengo puesto mi bóxer, nunca he sido una persona de pijama. Hace un frío tremendo, mis pies se entumen al momento de pisar el suelo de cemento. Con mi mano derecha empiezo a buscar el control remoto de mi estéreo que había dejado en un banco a un lado de mi cama, logro hacer contacto con éste y presiono el botón de encendido, el más grande y redondo. Está el noticiero y eso me hace estar seguro de la hora, no le tomo mucha importancia a las noticias y decido poner un disco.

Tengo ventana en mi habitación, pero eso no quiere decir que alcance a ver la luz del día. Al ritmo tranquilizante de “comfortably numb” me levanto de la cama y me dirijo hacia la regadera con pasos familiarizados con mi casa.

Escucho el agua, me quedo parado esperando a que se caliente un poco, cuando siento el vapor, entro por completo y dejo que el agua corra por todo mi cuerpo. Aún con el agua corriendo y  la música de Pink Floyd sonando, alcanzo a escuchar más de mí alrededor. Los vecinos, una pareja joven, eso al juzgar por el tono de sus voces, están discutiendo sobre quién llevará el auto al trabajo. Enfrente de mi departamento se encuentran otros inquilinos, una madre soltera con 2 hijos, a diario se oye la voz de la mujer apresurando a sus niños para ir a la escuela.

Ya casi estoy listo para salir, hoy es un día especial. Literalmente es una cita a ciegas. Un amigo mío organizó esto para mí, dice que mi vida es muy monótona y que necesito algunos cambios. Antes de salir de mi casa me preparo un café y como un poco de pan dulce. Tomo mi bastón blanco y me voy con  un gran entusiasmo para conocer a mi cita.

Al momento en que piso la banqueta, todo cambia, de alguna manera me he acostumbrado a caminar por esas calles, pero en realidad no conozco mucho, no como mi casa que es pequeña, ahora soy una vulnerable partícula dentro de esta gran ciudad. Mis pasos comienzan, el bastón me ayuda a no tropezar y a no estrellarme con un poste o barda. El lugar en donde se había arreglado la cita era cerca de mi casa, entonces me toma unos veinte minutos caminando, deseando encontrar a esa mujer, también cruzando los dedos para no sufrir algún accidente o ser víctima del crimen. Los rateros son muy abusivos con nosotros los invidentes, debemos de ser muy cuidadosos y no confiarnos de nadie, ni siquiera un poco.

Había ajustado mi alarma para saber si llegaba a tiempo, ésta sonó justo cuando pensé en eso. Para estar totalmente seguro pedí la hora a una persona que iba pasando, eran las diez de la mañana, justo la hora de la cita. Espero un poco, después de diez minutos empiezo a desesperar, de repente una mano muy fría toca la mía, me emociono y sonrío, justo cuando iba a decir algo, la persona abre mis dedos y me dice “Tenga señor unos veinte pesos, pa´ que se compre su torta”. Me quedo pasmado, eso pasa seguido, pero esta vez me había desilusionado, yo pensaba que era mi cita.

Empiezo a perder la paciencia y recuerdo lo que le dije a mi amigo, “no es buena idea, yo estoy ciego ella no va querer salir conmigo”. Yo lo sabía no sé porque hice caso.
Después de esperar toda una hora decido entrar al cine que está en la plaza. Ya para que regresar a casa, si tomé el riesgo de salir de ella y caminar hasta aquí.

Soy una persona invidente, me gusta el cine, eso es algo raro. Pero la verdad es que aprecio los diálogos, los efectos de sonido y la música de la manera que una persona vidente y con sus sentidos completos no lo hace. Siempre que pido boletos para alguna película, se extraña el taquillero, es un silencio, a veces un poco incomodo, se extrañan que una persona ciega entre al cine. Compro mi boleto para una película llamada “La guerra de los mundos” de Orson Welles, es un cine  que proyecta clásicos, es una buena opción para quitar el mal humor. Por suerte no me ha tocado ninguna película muda, eso si que sería algo mala suerte. Compro mis palomitas y mi refresco, pido ayuda a un trabajador para llegar a la sala, ya estando en ella me siento en la primera fila de la sala y disfruto de la película como pocas personas lo hacen.
Ya estoy fuera del cine, huele a que es hora de comer. Podría ir a un restaurante pero en realidad prefiero ir a casa y pasar la tarde acompañado de Arkadin, mi golden retriever. Él es mi acompañante y mi amigo, sin duda si puedo confiar en él. Es impresionante y da escalofríos que no podamos confiar en los humanos pero sí en una mascota. Le debo la vida al buen Arkadin.

Llego a mi casa y comemos juntos, me siento en frente de mi ventana, disfruto del atardecer, no lo puedo ver, pero si lo puedo oír y lo puedo oler.

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