martes, 1 de mayo de 2012

Cuéntame uno


Rojo anochecer
Por: Alicia García Pavón

La luna se alzaba sobre el oscuro cielo, alumbrando con su plateada luz aquellos lugares que carecían de los costosos alumbrados de la ciudad.

En una pequeña casa se encontraban una madre y su pequeño, éste se aferraba al cuerpo de su progenitora, ella cariñosamente lo abrazaba. Susurrándole distintos cuentos donde los ángeles eran protagonistas, el pequeño adormecido soltaba de forma lenta a su madre, ella arropó a su hijo y aplicando un hechizo en forma de beso, se retiró de la habitación.

Le costaba dejar a su hijo pero tenía otro asunto, una rutina que seguir, inconscientemente alargo su despedida; sus células, su ser sentía que ésta sería la última vez que viera a su amado niño. Solitarias perlas bajaron por sus mejillas, la puerta ya se hallaba cerrada, sacando la llave después de colocar el cerrojo.

El dolor la invadía de sólo pensar lo que le esperaba, de forma renuente se acercó a su habitación, su esposo la esperaba impaciente. Al entrar fue totalmente despojada de sus ropas dejando al descubierto su blanca piel llena de cicatrices, su marido la miró con lascivia, algo que la incomodaba.

Sabiendo que éste era su deber como esposa, se acercó al hombre que no dudo en jalar sus cabellos para arrodillarla; los golpes no le bastaban a aquel ser. No. Él necesitaba ver la sangre correr por aquella piel, que lo incitaba a cambiarla, a darle un color distinto al aburrido blanco.

Cada golpe marcaba con fuerza su ser, mantenía su boca cerrada impidiendo que los gritos que retenía en su garganta salieran. Todo este dolor sólo debía permanecer en ella, su amado hijo no tenía que conocer tales horrores. Lo hacía por el bien de su pequeño que mantenía muy en alto la imagen de su padre. Un escalofrió recorrió su desnudo ser, algo peor de lo que siempre le esperaba en las noches estaba a punto de suceder, sin poder reprimirlo más un agudo y lastimero grito emergió desde su garganta, que no solo llevaba impregnado su dolor sino también su último aliento.

Lagos rojos se extendían por el piso rodeando el cuerpo sin vida de la sumisa mujer. Él se acercó al inerte cuerpo, tomó una de sus manos, el calor la abandonaba lentamente hasta llegar a la ausencia total de él, dejó caer la pequeña mano que sin prestar resistencia azotó contra uno de los charcos rojizos. No, ella debía estar durmiendo o eso quería creer el hombre, sus manos temblaban o quizá era el resto de su cuerpo el que lo hacía. Sin saber qué hacer salió de su cuarto, en unos cuantos segundos ya se encontraba frente a la habitación de su hijo, escuchaba pequeños golpes contra la puerta y sonoros sollozos. Intentó abrirla pero se encontraba cerrada, tomó la llave y confirmando que sus manos eran las que temblaban abrió la puerta.

Su pequeño hijo lo miraba con terror, pero ¿por qué? Si él no era malo, se acercó y acarició su rostro llenándolo del pegajoso liquido con el que había bañado a su madre. Él al igual que su progenitora también se veía hermoso cubierto de ese color, le sonrió, una sonrisa con la cual el chico temió alejándose de su padre buscando el consuelo de su madre.

Otro grito rompió la tranquilidad de la noche.

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